Que a lo mejor solo eres un trofeo y no quiero estar contigo. Y te lo digo claramente, que puede que solo sea por conseguir que mi orgullo, dignidad y autoestima no se hundan como lo hicieron algunos de sus sinónimos hace tiempo. Dudo si es que mi cerebro necesita estar ocupado en otros asuntos para no perder el equilibrio en una de esas calles navideñas llenas de promesas, enfrente del alumbrado público y escuchando el murmullo de la gente que va y viene cargada de bolsas.
Quizás quiera mi regalo debajo del árbol y ya está. Simple y llanamente eso. No debería darle tantas vueltas, ni tu tampoco. Entiendo que soy yo la que he conseguido meterte un montón de ideas raras en la cabeza, pero inexplicablemente no quería hacerlo. Solo deseaba que lo tuvieras claro desde el principio y ya está. Seguramente, tras esta confesión inesperada, prefieras coger el primer avión que salga y largarte lo más lejos posible, olvidarte de todo y de todos y perderte en una de esas calles sin salida que logran mantenerte ocupado.
Yo solo sentía la necesidad de decírtelo. De no dar más rodeos, tonteos innecesarios ni besos insípidos. Parece que a ti te gusta mantener el encanto y a mi estropearlo, quizás solo hacerlo un poco más realista. Es posible que esto se convierta en un adiós o lo mismo en un hasta luego. Que no digo que esté segura de esta confesión y por eso probablemente debería ser más silenciosa, no pisar tan fuerte ni llamar tanto la atención, solo es una posibilidad más para dar explicación a mis dolores de cabeza contínuos, frases vacías y huídas inesperadas.
Si te soy sincera, solo me he llegado a plantear esto de forma seria cuando he llegado un poco más allá y logrado tener una reunión con mis pensamientos y mis sentimientos juntos. Tienen agendas apretadas y no ha sido fácil. Tras eso me atreví, me armé de coraje y decidí contártelo todo.
El momento fue lento, acompañado por el irregular tictac de ese reloj estropeado y los fuertes latidos de mi corazón, que se moría de ganas de quitarse ese inusual peso de los hombros. Este que se había instalado días atrás, tras esa reunión que no dio demasiado resultado. No al menos uno productivo.
Con la mano en el picaporte de la puerta, parado y casi sin respiración. Tienes cosas en la mente que puede que no debieras tener, puede que no debiera habértelo dicho. Y es que la teoría del caos se hace cierta delante de nosotros y toma forma sin nadie tratando de evitarlo. Que yo no soy la mariposa, que soy el terremoto. A lo mejor ni siquiera deseo cambiar. Puede que aquello que hice pensando que era por los demás, por ti, en realidad no sea más que un acto de egoísmo para quedarme más tranquila. No solo puede, es que es así y no quería darme cuenta.
Puede que cada una de las frases que he pronunciado en mi discurso estén formadas por antítesis, antónimos e irregularidades, puede que ni mi mente tenga claro lo que está contándote. Me gustaría poder decir que todo esto es así, que no hay otra respuesta y dar la mía propia, ya sea afirmativa o negativa, pero me siento totalmente incapaz de transformar algo tan importante en simples palabras. Preciosas palabras, volátiles palabras, inexactas palabras. Inseguras palabras que no se sienten a gusto en una sala junto a nosotros dos, y por eso se retrasan, buscan excusas o, simplemente, no aparecen. Eso está sucediendo ahora, incluso los siempre observadores pájaros que se posan en nuestra ventana pueden ser testigos de ello.
Y que yo ya no sé que más decir, no sé ni lo que tú quieres que diga. Sigues ahí, quieto, tenso, inamovible, completamente adherido al suelo de nuestra habitación. Esperando a que diga algo que no parece que vaya a salir de mis labios, deseando que te suelte una frase llena de verbos y adjetivos que ni siquiera están en mi vocabulario. Que sabes que no me gusta mostrar mis sentimientos, ni tampoco hacerlos letras, pero tú sigues esperando algo que el tictac del reloj cada vez te aleja más. Y finalmente decido dejar eso, olvidarlo todo, dejar el egoísmo, aclarar mis ideas con ayuda de un calendario y soltarte la frase que esperas. Sé que no te la crees, probablemente por eso el peso no vuelve a mi espalda, aún así te da igual, tú te conformas con que la diga.
Y hoy me he vuelto a despertar con un beso insípido y tonteos innecesarios mientras tomábamos el desayuno. Y no ha cambiado nada, pero ya no tengo ese peso en mis hombros, ni dolores de cabeza contínuos, y yo me siento mejor. Quizás no perfecta, pero sí mejor.
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