lunes, 16 de abril de 2012

Él dijo que era todo querer hacer.

Desearlo con fuerza.
Que era todo quitarse el miedo, dejarlo en una esquina en la que no molestase demasiado
Y yo le creí.

Dijo que él lo haría
Que daría todo por conseguirlo
Y yo me lancé

Me acostumbré a su presencia escasa e intermitente
No me sentí a gusto, pero decidí obviarlo

Me dejé llevar

Y entonces él se desdijo
Lo tiró todo por la borda, lo hizo de repente
Pensó que estaba equivocado

Decidió que no era yo, que no sabía si lo había llegado a ser
Y que si lo había sido, ya no lo era.

Y no hubo más palabras, ni más opiniones
No hubo más dichos.

Y entonces todo se acabó.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Antes...

Cuando me perdía en tus ojos. Tan profundos, tan intensos.
Cuando me mareaba solo de observarlos.

Que podía llamarte y esperar conversaciones eternas que me dejaban con una sonrisa tonta en los labios, como si nada pudiese romperla. Momentos en los que era yo la que te despertaba a horas intempestivas.

Eras imperfecto y me encantabas, porque yo nunca he buscado la perfección.

Entonces olías a verano
Olías a sal, a mar
Olías a tranquilidad, no como ahora.

martes, 8 de noviembre de 2011

Confesiones

Que a lo mejor solo eres un trofeo y no quiero estar contigo. Y te lo digo claramente, que puede que solo sea por conseguir que mi orgullo, dignidad y autoestima no se hundan como lo hicieron algunos de sus sinónimos hace tiempo. Dudo si es que mi cerebro necesita estar ocupado en otros asuntos para no perder el equilibrio en una de esas calles navideñas llenas de promesas, enfrente del alumbrado público y escuchando el murmullo de la gente que va y viene cargada de bolsas.

Quizás quiera mi regalo debajo del árbol y ya está. Simple y llanamente eso. No debería darle tantas vueltas, ni tu tampoco. Entiendo que soy yo la que he conseguido meterte un montón de ideas raras en la cabeza, pero inexplicablemente no quería hacerlo. Solo deseaba que lo tuvieras claro desde el principio y ya está. Seguramente, tras esta confesión inesperada, prefieras coger el primer avión que salga y largarte lo más lejos posible, olvidarte de todo y de todos y perderte en una de esas calles sin salida que logran mantenerte ocupado.

Yo solo sentía la necesidad de decírtelo. De no dar más rodeos, tonteos innecesarios ni besos insípidos. Parece que a ti te gusta mantener el encanto y a mi estropearlo, quizás solo hacerlo un poco más realista. Es posible que esto se convierta en un adiós o lo mismo en un hasta luego. Que no digo que esté segura de esta confesión y por eso probablemente debería ser más silenciosa, no pisar tan fuerte ni llamar tanto la atención, solo es una posibilidad más para dar explicación a mis dolores de cabeza contínuos, frases vacías y huídas inesperadas.

Si te soy sincera, solo me he llegado a plantear esto de forma seria cuando he llegado un poco más allá y logrado tener una reunión con mis pensamientos y mis sentimientos juntos. Tienen agendas apretadas y no ha sido fácil. Tras eso me atreví, me armé de coraje y decidí contártelo todo.

El momento fue lento, acompañado por el irregular tictac de ese reloj estropeado y los fuertes latidos de mi corazón, que se moría de ganas de quitarse ese inusual peso de los hombros. Este que se había instalado días atrás, tras esa reunión que no dio demasiado resultado. No al menos uno productivo.

Con la mano en el picaporte de la puerta, parado y casi sin respiración. Tienes cosas en la mente que puede que no debieras tener, puede que no debiera habértelo dicho. Y es que la teoría del caos se hace cierta delante de nosotros y toma forma sin nadie tratando de evitarlo. Que yo no soy la mariposa, que soy el terremoto. A lo mejor ni siquiera deseo cambiar. Puede que aquello que hice pensando que era por los demás, por ti, en realidad no sea más que un acto de egoísmo para quedarme más tranquila. No solo puede, es que es así y no quería darme cuenta.

Puede que cada una de las frases que he pronunciado en mi discurso estén formadas por antítesis, antónimos e irregularidades, puede que ni mi mente tenga claro lo que está contándote. Me gustaría poder decir que todo esto es así, que no hay otra respuesta y dar la mía propia, ya sea afirmativa o negativa, pero me siento totalmente incapaz de transformar algo tan importante en simples palabras. Preciosas palabras, volátiles palabras, inexactas palabras. Inseguras palabras que no se sienten a gusto en una sala junto a nosotros dos, y por eso se retrasan, buscan excusas o, simplemente, no aparecen. Eso está sucediendo ahora, incluso los siempre observadores pájaros que se posan en nuestra ventana pueden ser testigos de ello.

Y que yo ya no sé que más decir, no sé ni lo que tú quieres que diga. Sigues ahí, quieto, tenso, inamovible, completamente adherido al suelo de nuestra habitación. Esperando a que diga algo que no parece que vaya a salir de mis labios, deseando que te suelte una frase llena de verbos y adjetivos que ni siquiera están en mi vocabulario. Que sabes que no me gusta mostrar mis sentimientos, ni tampoco hacerlos letras, pero tú sigues esperando algo que el tictac del reloj cada vez te aleja más. Y finalmente decido dejar eso, olvidarlo todo, dejar el egoísmo, aclarar mis ideas con ayuda de un calendario y soltarte la frase que esperas. Sé que no te la crees, probablemente por eso el peso no vuelve a mi espalda, aún así te da igual, tú te conformas con que la diga.

Y hoy me he vuelto a despertar con un beso insípido y tonteos innecesarios mientras tomábamos el desayuno. Y no ha cambiado nada, pero ya no tengo ese peso en mis hombros, ni dolores de cabeza contínuos, y yo me siento mejor. Quizás no perfecta, pero sí mejor.

martes, 20 de septiembre de 2011

Summer's over. I'm back

El verano termina. Los viajes acaban. La rutina te ataca por la espalda, sin dejarte capacidad de reacción, y, de repente, te ves preparándolo todo para la presentación de tu nuevo instituto, con un blog abandonado al que debes atender y un millón de preguntas en la cabeza sobre tu primer día de curso, la gente que conocerás y cómo llegarás a la sala de actos sin perderte.

Ni siquiera me había dado cuenta de que mi última semana había llegado, de que tenía que decir adiós a los dominicanos, al todo incluido, a las playas cristalinas y al sol caribeño. Que, a lo bueno, una se acostumbra rápido.

Así que, una vez descansé de esa horrible noche de vuelta en avión, con ese horroroso dolor de espalda y unas cargantes ojeras adornando mi cara, decidí hacer mi última salida de vacaciones. Esta vez al cine y paseo por Madrid. Caminata larga y charlas antes de empezar de nuevo.

El lunes comenzó con sueño y con un pesado dolor de cabeza al que fue fácil dar largas. Una simple pastilla bastó para que se diese por vencido y me dijese adiós.

Tras un largo desayuno, -debo confesar que también alargado por mi estómago, que se cerró negándose a dejarme en paz- me vi vestida y preparada en el coche mientras observaba, por enésima vez, esos edificios de Madrid que sabía que ya había visto. En realidad no me importaba mucho, solo trataba de centrarme en otra cosa que me alejase de esa presentación. Nervios del primer día, que se llaman. El caso es que estaba atacada.

Veo la puerta desde lejos y, de repente, los nervios empiezan a gritarme en los oídos. Se hicieron presentes en un instante. Dejaron claro que estaban ahí, que iban a quedarse y que no precisamente para ayudarme a tener un placentero día. Eran egoístas e inseguros, necesitando dejar claro su espacio, pero yo traté de obviarlos y entré por la puerta.

La cantidad de gente que me rodeaba me dejó completamente alucinada, casi tanto como que todos se conocían entre ellos y no parecía haber nadie nuevo. Llegué a secretaría con un hombre siguiéndome, ya que él no sabía llegar por sí mismo. Yo, a su vez, perseguía a los remolinos de personas que pasaban por mi lado -Porque yo sabía por donde ir, pero por si acaso...- Y terminaban entrando por la puerta de ese lugar que yo también buscaba. Vi como la gente iba a un mismo lugar y decidí mirar que había allí, descubriendo mi clase y número.

Después esperé, esperé, jugueteé con mi anillo y observé a todos los que se quedaban a mi alrededor. Miré todo lo escrupulosamente que la situación me permitía a las personas que allí estaban y, una vez la secretaría comenzaba a quedarse desierta, volví a seguir a la multitud. Ellos me llevaron sin saberlo hasta la sala de actos.

Entré y volví a investigar con la mirada a la gente que ya estaba dentro. Busqué un sitio libre y, además, a cualquier persona cercana que no estuviese en ninguno de esos grupos. La encontré, me fijo en ella, ropa normal y nadie alrededor -Tampoco voy a andarme con remilgos el primer día- Me acerco a paso normal y me siento a su lado como si no hubiese sido algo pensado previamente, sino que me había sentado en el primer sitio libre que había visto. No hablamos, nos miramos de vez en cuando, pero no decimos nada. La directora comienza a hablar y, de repente, el murmullo que parecía entretenerme se termina.

Quince minutos más tarde, hablan de llevarnos a nuestras clases. Llaman por número según la lista y, la chica que estaba a mi lado, -La que yo había decidido que estuviera- me pregunta que dónde puede ver eso, que no se había fijado. El murmullo vuelve a aparecer y ella viene conmigo hasta la clase, esperando que la nombrasen también en mi lista y evitar así perderse en esa pequeña ciudad que es el Ramiro de Maeztu.

Llegó mi nombre y también llegó el suyo. Tras ese momento, parecía que los nervios habían conseguido ser silenciados casi en su totalidad. Horarios, charlas y preguntas vinieron después, esperando sentadas al primer día de clase, que se antojaba mejor de lo que había imaginado. Y esos nervios volvieron, pero con menos fuerza. Hasta que al tercer día dejaron de buscarme, y ya no han vuelto.

PD. Espero que no mireis demasiado con lupa la entrada. Acabo de volver de unas largas y antiestresantes vacaciones, así que tampoco es nada del otro mundo. Necesito aún algo de tiempo para volver a la rutina del todo y que esto vuelva a ser lo que era.

domingo, 17 de julio de 2011

Underwood Girls

Los tacones resuenan en las baldosas de mármol que adornan esa fría sala en la que hace meses que trabaja. Le encanta ese sonido unido con el de las máquinas de escribir que se oyen contínuamente en la habitación, presumiblemente debido a que está rodeada de mecanógrafas. Sí, en su totalidad mujeres.

Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.

Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.

Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.

Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.

Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.


La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.

Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.

Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.

Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.


PD. Me apetecía rescatar esta entrada de mi antiguo blog. Así que, como aún no sé dónde se han escodido las musas, aquí la tenéis.

martes, 5 de julio de 2011

Insomnio

Me desperté sin sueño y con la respiración acelerada por la pesadilla que acababa de tener. Miré el reloj, eran las dos de la mañana, casi las tres y parecía que no estaba muy por la labor de disfrutar de esas horas que aún me faltaban antes de tener que salir. Perfecto, otro día más cargando con las ojeras. Observo el techo y pienso en cómo quitar el gotelé, hace tiempo que dejó de gustarme como quedaba.

A pesar de eso, parecerá mentira, pero siempre ha sido un buen entretenimiento. Me fijo en todas y cada una de las gotas que lo forman, aunque lo que consiga haciéndolo sea desverlarme del todo. Decido cerrar los ojos, sin embargo es en vano, porque doy vueltas y vueltas en la cama sin lograr nada a cambio. Parece que hoy el egoísmo se ha apoderado de mi mente y no le apetece dejarme relajarme ni un solo segundo.

Me levanto, voy hacia un lado, hacia el otro, giro, doy vueltas y, finalmente, me dirijo hacia la ventana. Saco mi pelo despeinado por ella y veo como soy el único, entre millones de personas que viven en esa gran ciudad, que aún no ha alcanzado la fase REM. Trato de calmarme contemplando el paisaje. Adoro la ciudad, en ningún otro lado verías a esas horas un coche pasar. Parece que eso consigue relajarme un poco, así que decido darme otra oportunidad y tumbarme en la cama otra vez.

Los ojos se me abren a los pocos minutos por el calor. Siento arder cada centímetro de mi piel. Me quito de encima la manta, no sé cómo ha llegado hasta ahí, estamos en pleno julio y no me taparía a conciencia. Pongo mis pies en el suelo y me acerco a la mesita en la que tengo colocado el mando del aire acondicionado. Una vez está encendido, me coloco delante y dejo que el aire frío me acaricie las mejillas. Mi temperatura corporal baja, no obstante, vuelvo a ver el sueño alejarse. Tomo la decisión de volver a la cama, a pesar de todo. Cierro los ojos, cuenta ovejitas, me las imagino, me centro en ellas. Aún así, no logro nada, sigo exactamente igual de despierto o incluso más.

Salgo de la habitación dirección a la cocina, el insomnio me da hambre. Miro un estante, en otro, en el siguiente, busco cualquier cosa que me entre por los ojos. Galletas, bollería industrial o chucherías. Algo dulce, necesito azúcar. Miro dentro de la nevera y me encuentro con un cartón de leche, dicen que la leche caliente ayuda a conciliar el sueño. Aunque a mi, ahora mismo, no me apetece nada caliente. La saco de la nevera, la pongo en un tazón y simplemente la caliento unos segundos en el microondas. Lo básico para que se le quite un poco el frío. Cuando me la he bebido, dejo la taza en el fregadero y vuelvo a revolver la cocina en busca de un poco de comida que me quita el agobio.

Arramplo con todos los dulces que me encuentro y, una vez he perdido las ganas de seguir comiendo, comienzo a arrepentirme de todo lo que he engullido. Vuelvo a mi habitación y miro el reloj digital que adorna mi mesita de noche, ya son casi las cinco y en poco más de una hora el despertador comenzará a sonar. Me tumbo y le doy una última oportunidad al sueño, que parece no querer aprovecharla. Termino desisitiendo a las cinco y media, así que me levanto y me preparo para salir. A lo mejor un paseo antes de que las tiendas se abran consigue despejarme.

Piso el suelo de esa desierta ciudad y comienzo mi paseo. Las calles parecen tener resaca, las papeleras están llenas y las farolas siguen encendidas. Es un día oscuro de verano, no hay muchos así. Continuo andando y veo como las tiendas comienzan a abrirse, no he logrado mi objetivo. Parece que debo de volver para dirigirme de una vez al trabajo, no tengo más remedio que hacerlo así, con las ojeras de maquillaje y unos duendes sentados en mis párpados, haciéndolos pesar demasiado. Las farolas comienzan a apagarse, los basureros vacían las papeleras, las calles se empiezan a llenar. Comienza un nuevo día huyendo del sueño. Perfecto.

viernes, 1 de julio de 2011

Fotografías

-No te vayas...
-Debo hacerlo.
-¿Volverás?
-Supongo que sí. No lo sé.
-Te esperaré. Mírame a los ojos y pídeme que te espere. El tiempo que sea, me da igual, lo haré si quieres estar conmigo. Pídemelo.
-No puedo hacer eso...
-Te pido que lo hagas, no me supone atadura. Adoro tu risa de café, tus labios de cereza, tus besos de chocolate, tu olor a canela, tu manera de andar, tu forma de pedirme perdón; comprándome millones de mis dulces favoritos. Nadie más lo hace así. Tus manías, todo. Ahora mismo, incluso me encantan tus enfados tontos, tus niñerías. Exceptuando esta, por supuesto.
-No es una niñería, sabes que no tengo opción.
-Déjame acompañarte.
-Lo siento...
-¿Por qué no quieres que vaya contigo?
-Explícame eso de que adoras todo de mí.
-También me entran ganas de besarte cuando intentas cambiar de tema de forma descarada, lo haces en el momento en el que te incomoda algo.
-No me incomoda, pero sabes la respuesta.
-Eso no quiere decir que la entienda.
-No es por mi...
-Sí, sí, vale...
-Te voy a echar de menos. Lo siento.
-Yo más.
-Me alegra saberlo.
-Me refería a que yo lo siento más, lo otro ni si quiera tengo que repetirlo.
-Escucha... No me olvidaré de tu olor a vainilla, ni tampoco de tu forma de destrozarme los finales o tu necesidad de empezar los libros leyendo antes la última página...
-No quiero que digas nada, déjalo.
-No te sientas mal, sabes que no es tu culpa.
-¿No lo es?
-¿Necesitas que responda?
-Quizás...
-No lo haré, no es necesario
-A lo mejor simplemente me gusta escucharlo.
-Me conoces suficiente para haber descubierto ya que lo mío no es leer entre líneas.
-La mayoría de nuestros enfados han sido por eso.
-Mírame, mírame. No es tu culpa ¿Vale? Debo hacerlo.
-Pero no sabes si volverás...
-Te llamaré al llegar, mantendremos el contacto. No quiero que te ates a mi, no quiero ser un lastre.
-¡Malditas manías tuyas!
-Llego tarde, ahora tengo que irme o perderé el avión.
-Solo déjame pedírtelo una vez más, solo una vez más.
-No me lo pongas más difícil. No lo hagas, por favor.
-Quédate...
-Lo siento, en serio. Te llamaré al llegar. Te echaré de menos.

Los armarios se llenaron en horas, se vaciaron en solo unos minutos.